En nuestro último reportaje Hidalgo, Allende, Abasolo, Aldama y Jiménez salían con el Ejército Insurgente en dirección a Toluca aumentando en cada localidad y en cada hacienda sus efectivos. A la espera de un ataque realista, tomaron posiciones estratégicas en el Monte de las Cruces cerca del Valle de Lerma, en las inmediaciones de Toluca..
El Virrey Venegas había mandado un ejército a las órdenes del General Torcuato Trujillo para detener la marcha de los Insurgentes, pero los realistas de Trujillo fueron derrotados en el Monte de las Cruces, dejando detrás una cantidad muy grande de armas y pertrechos de guerra. Los realistas llevaban un Estandarte de la Virgen de los Remedios a quien se habían encomendado.
Con esta acción, la entrada a la Ciudad de México quedaba abierta a la Insurgencia. Pero Hidalgo se opuso a entrar en la capital del Virreinato con el argumento de que faltaba munición.
En realidad se adueñó de él un gran temor a no vencer a las guarniciones de la Ciudad. La cúpula discutió acaloradamente la cuestión, ya que Allende, que era un buen estratega militar opinaba lo contrario. Se impuso así la orden de Hidalgo de retirada.
Por tanto, el ejército insurgente compuesto de unos 100.000 hombres, 20.000 jinetes y 95 cañones emprendió la retirada hacia Valladolid el 14 de enero de 1811. Una parte acampó en las llanuras de Guadalajara, pero más de la mitad desertaron. Las desavenencias entre Allende e Hidalgo fueron creciendo.
En la retirada, los insurgentes fueron atacados en Aculco por las tropas del general español Félix María Calleja, que resultó victorioso. Se ponía de manifiesto que el Ejército Insurgente iba a tener serias dificultades en su lucha futura contra el ejército realista.
La mayor parte del ejército insurgente se dirigió con Allende a la cabeza hacia Guanajuato, mientras Hidalgo lo hizo con un puñado de incondicionales hacia Valladolid. Ambos habían acordado que Hidalgo reuniría una fuerza de apoyo en Valladolid e iría con ella a Guanajuato donde le esperaba Allende para hacer frente desde esta ciudad al ejército realista.
Hidalgo, en lugar de permanecer en Valladolid hasta conseguir tropas, se dirigió hacia Guadalajara. Así que Allende viendo venir a los realistas del General Calleja abandonó la ciudad. A primeros de noviembre de 1810 el General Insurgente José Antonio Torres con una fuerza de 20.000 hombres logró entrar en Guadalajara, lo que permitió que Allende e Hidalgo se reunieran en diciembre de 1810 en esta ciudad.
En Guadalajara, Hidalgo publicó el periódico el Despertador Americano y organizó un Gobierno de la Insurgencia. Y escribió el “Manifiesto sobre la Autodeterminación de las Naciones”, un bello documento en el que exigía “la independencia para las naciones de América”.
Sobre la estrategia a seguir para vencer a las tropas realistas que se acercaban a Guadalajara, volvieron a disentir seriamente Allende e Hidalgo. Mientras el primero defendía realizar una emboscada dejándoles entrar en la ciudad, Hidalgo propugnaba luchar a campo abierto. Una vez más Allende se sometió a la orden de Hidalgo como Jefe de la Insurgencia
La batalla tuvo lugar en el Puente de Calderón, resultando victorioso el ejército realista, después de más de seis horas de combate. Los insurgentes, con una tropa mermada, se vieron obligados a huir hacia Aguascalientes, donde Miguel Hidalgo fue relevado de la máxima responsabilidad militar, que fue dada a Allende. Y de allí, siguieron en busca de apoyo hacia las regiones septentrionales de Nueva España.
Llegados a El Saltillo el 15 de marzo, una parte con Ignacio López Rayón se dirigió hacia las montañas de Michoacán y la otra con el resto se dirigieron a Monclova sin saber que en esta ciudad había un foco contra-insurgente liderado por Elizondo, un traidor que había militado en la Insurgencia, que ahora operaba a favor de los realistas.
En el lugar denominado Acatitas de Baján el 21 de marzo de 1811, Elizondo tendió una emboscada a los insurgentes y fueron hechos prisioneros Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Hidalgo, entre otros notables insurgentes.
Fueron trasladados a Chihuahua y después de un juicio marcial fueron condenados a muerte y fusilados. Don Miguel Hidalgo fue fusilado con retraso, porque su condición de sacerdote exigía primero una degradación eclesiástica.
El proceso judicial fue largo. Fue acusado de alta traición, asesinatos, sedición y conspiración. La degradación se realizó así: Se colocó a Don Hidalgo al lado de un crucifijo entre dos grandes cirios y frente a él estaba el Ministro de degradación con tres prelados y a la espalda de ellos estaba el público.
Con un cuchillo le rasparon las manos y los dedos para quitarle la potestad de la unción y le cortaron el cabello con unas tijeras hasta que no se notara la tonsura, que es el signo del sacerdocio. La condena fue que el reo sería pasado por las armas, no en un paraje público como sus compañeros, sino tirándole al pecho. Oyó la sentencia con calma y resignación.
La descripción del último día ha sido expresada gráficamente: Una vez vuelto a la prisión, le sirvieron un desayuno con chocolate y pidió que le dieran un vaso de leche. Un momento después recibió el aviso de que había llegado la hora del suplicio.
Lo oyó sin alteración y poniéndose en pie dijo estar dispuesto. Salió del estrecho cuarto de la prisión y a los quince a veinte pasos se paró un momento, porque el oficial de guardia le preguntó si se le ofrecía alguna cosa final. Y dijo que le trajeran unos dulces que había dejado en la almohada.
Le trajeron los dulces y los repartió entre los soldados que iban a matarle, a los que alentó diciendo que los perdonaba y que cumplieran con su oficio. Era la hora del crepúsculo y temía que no le dieran en el corazón, porque habían dado orden de no dispararle a la cabeza. Y entonces les dijo:
“La mano derecha que pondré sobre mi pecho, será, hijos míos, el blanco seguro a que habeis de dirigiros”.
El banco del suplicio fue colocado en un patio interior del colegio a diferencia de lo que se hizo con otros ejecutados. Enterado del sitio al que había de dirigirse, marchó con paso firme, no permitiendo que le vendaran los ojos. Iba rezando con voz alta el Miserere me.
Cuando llegó al cadalso, lo besó con respeto y santa resignación y tomó asiento con la mano derecha en el corazón, volviendo a recordar a los soldados que dispararan a la mano derecha. Siguió rezando hasta que su voz se acalló por los cinco disparos de fusil, uno de los cuales dio en la mano derecha pero no le atravesó el corazón.
Al quedar agonizante todavía le quedaba voz para seguir rezando, a lo que el oficial de guardia dio orden de otra descarga. Estas balas rompieron las ligaduras que le ataban al banco y cayó en un baño de sangre. Todavía no había muerto. Fueron necesarias tres descargas más para acabar con la vida del Padre de la Patria.
No hizo más que salir el sol cuando lo expusieron al público, sobre una silla. Su cabeza con las de Allende, Aldama y Jiménez fueron cortadas e introducidas en jaulas de hierro y expuestas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas de Guanajuato y allí estuvieron hasta 1821. Su cuerpo fue enterrado en la tercera orden de San Francisco de Chihuahua.
En 1824 fueron traídos sus restos completos para ser enterrados con gran solemnidad en la Catedral Metropolitana y más tarde, trasladados a la Columna de la Independencia en un monumento conocido como El Angel.
Con la heroica muerte de Don Manuel Hidalgo y Costilla, damos por terminado el conjunto de crónicas que componen su vida y actuación en la Independencia de México.
Para los lectores que lo deseen, hemos continuado los reportajes de la obra que Don Miguel Hidalgo inició, hasta llegar al Acta de Independencia de la Gran Nación Mexicana.
Asimismo recomendamos a nuestros lectores, que vean la serie de crónicas dedicadas a Don José María Morelos y a Doña Josefa Ortiz que desarrollan con detalle las acciones de estos dos próceres.
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