Habíamos terminado nuestro anterior reportaje con Don Miguel Hidalgo en la ciudad de Dolores donde se había adelantado el levantamiento contra el mal gobierno español.
En la madrugada del 16 de septiembre de 1810 se inició lo que la Historia denomina Primera Etapa de la Independencia de México. En esta histórica fecha Don Miguel con el grupo inicial de insurgentes liberaron 80 presos y se dirigieron al atrio de la iglesia, donde tocaron las campanas e Hidalgo habló del mal gobierno de los españoles y gritó ¡Viva la Virgen de Guadalupe! y ¡Viva Fernando VII!.
Los insurgentes, como se conoce a los patriotas mexicanos en este periodo, eran casi todos campesinos armados de palos, hondas, piedras y machetes a los que se unieron mineros en el trayecto hasta alcanzar unos 20.000 hombres. Encabezando iba Don Miguel Hidalgo y Don Juan Aldama con el estandarte de la Virgen de Guadalupe tomado en la Iglesia de Atotonilco convertido en insignia revolucionaria y el retrato de Fernando VII. Detrás iba una muchedumbre seguida de soldados.
Entraron en Celaya el 21 de septiembre y al sonido de un disparo comenzó un saqueo de la ciudad. Don Juan Aldama con su tropa trató de contenerlo sin resultado. Allí nombraron a Don Miguel Hidalgo capitán general y a Don Ignacio Allende Teniente General. De Celaya se dirigieron a Salamanca, a Irapuato y a Silao, y fueron aumentando sus efectivos de modo sorprendente.
Don Ignacio Allende manifestó a Don Miguel Hidalgo su disgusto por no poder contener a la muchedumbre en su afán de saqueo y le advertía de su debilidad para reprimir estas acciones, lo que inició interpretaciones divergentes entre ambos.
La toma de Guanajuato resultó un acontecimiento sangriento. El Intendente de la ciudad Don Juan Antonio Riaño, que había sido antes Regidor en Valladolid en 1787, era una persona de reconocida rectitud, que había participado en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, y que había abrazado las ideas de la Ilustración. Entre las obras públicas que realizó estaba la Alhóndiga de Granaditas, que hoy es el Museo Regional de Guanajuato Pero Riaño se vio de frente con un trágico destino.
Ante el avance de los insurgentes, Don Juan Antonio Riaño había pedido apoyo al reciente Virrey Don Francisco Javier Venegas, al Presidente de la Real Audiencia de Guadalajara y a Don Félix María Calleja, jefe de las tropas realistas de San Luis. Esta ayuda no llegó a tiempo a Guanajuato.
Cuando Don Miguel Hidalgo le exigió la capitulación, se negó en rotundo diciendo “Mi deber es pelear como un soldado”. Los insurgentes iniciaron el ataque y Don José Antonio Riaño fue de los primeros hombres en morir. Riaño había dado la orden de refugiarse en la Alhóndiga de Granaditas con víveres y agua.
Un minero de sobrenombre Pípila ofreció a Don Miguel Hidalgo quemar y derrumbar la puerta de entrada, lo que determinó un encuentro cuerpo a cuerpo sangriento con muchas bajas por ambas partes seguido de un espectacular saqueo. Tras estos incidentes, Hidalgo publicó un bando amenazando en el futuro con la pena de muerte a los saqueadores y antes de salir de la ciudad reorganizaron las tropas.
La reacción de los realistas fue organizar un cerco a esta rebelión. El jefe militar Don Félix María Calleja salió desde San Luis, mientras otros batallones eran enviados desde Guadalajara. Además, el Obispo de Valladolid Don Manuel Abad y Queipo, los calificó de perturbadores y sacrílegos y los excomulgó. A la excomunión se sumó el Arzobispo de México y el obispo de Guadalajara, que la extendieron a todos los insurgentes y a los que les ayudasen.
El 8 de octubre de 1810 Don Miguel Hidalgo continuaba su marcha por el Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro y otras villas y pueblos en ruta hacia Valladolid. En esta ciudad había un número ridículo de efectivos al mando de Don Agustín Itúrbide, que decidió huir hacia la capital. También abandonaron el lugar el obispo Don Manuel Abad y Queipo después de intentar organizar la resistencia.
Una comisión formada por el capitán Arancivia y el canónigo Betancourt se encontraron con Hidalgo para entregar la ciudad que fue tomada el 17 de octubre de 1808. Un edicto dejaba sin efecto la excomunión. Dos días después, el 19 de octubre, los insurgentes con Don Miguel Hidalgo nombrado Generálisimo salían de Valladolid con dirección a Guanajuato.
Don Ignacio Allende recibió la encomienda de reprimir los intentos de saqueo. Los insurgentes sumaban ya 80.000 personas. El coronel Gallegos había propuesto a Hidalgo entrenar 14.000 hombres e incorporar el resto a sus labores, pero Don Miguel Hidalgo no estuvo de acuerdo.
Ll 20 de octubre, pararon en la localidad de Charo, donde tuvo lugar el encuentro con Don José María Morelos y Pavón en el que Morelos se ofreció como capellán de los Insurgentes, pero Hidalgo le asignó la importante misión de conseguir tropas en el sur del país y tomar la estratégica ciudad de Acapulco.
En la reunión Hidalgo nombró a Morelos “General de los Ejércitos Americanos para la conquista y nuevo gobierno de las provincias del sur, con autoridad bastante” y terminada ésta, Morelos regresó a Cuarácaro e Hidalgo prosiguió camino hacia Guanajuato. Nunca más se volvieron a ver.
Seguiremos con el relato de Don Miguel Hidalgo y retomaremos a Don José María Morelos en el reportaje siguiente.
Llegados a Guanajuato, los insurgentes con Don Miguel Hidalgo se dirigieron a Toluca, situada cerca de la Ciudad de México y se situaron en el Monte de las Cruces. Debido a la enorme muchedumbre que le seguía Don Miguel Hidalgo dividió sus efectivos entre Lerma y el Puente de Atengo.
Las tropas realistas iban mandadas por el General Don Torcuato Trujillo con el nombre de “Los patriotas de Fernando VII” y habían tomado como santa patrona la Virgen de los Remedios, a la que dieron el grado de Generala del Ejército Realista. Los historiadores ponen de relieve que, con la excepción del General Trujillo, los oficiales y combatientes eran todos mexicanos. En esta batalla, Don Agustín Itúrbide luchaba de parte de los realistas.
Tras varias emboscadas de distinto signo en el Puente de Atengo y en Lerma, dos puntos estratégicos de la batalla, los realistas resultaron derrotados y se retiraron a la ciudad de México dejando en manos de los patriotas gran cantidad de armas y pertrechos de guerra.
Inexplicablemente Don Miguel Hidalgo en la noche del 3 de noviembre decidió retirarse de lo que parecía la batalla final de la toma de la Ciudad de México tan deseada por los insurgentes. Al hacer este reportaje nos ha venido a la cabeza la conocida e inexplicable decisión del cartaginés Anibal al detener sus tropas a las puertas de Roma. Su decisión fue volver a Valladolid. Por el camino, el 7 de noviembre de 1810 el General realista Don Félix Calleja les alcanzó en San Jerónimo Aculco y los derrotó.
Las desavenencias entre Don Miguel Hidalgo y Don Ignacio Allende alcanzaron cotas máximas. Los Insurgentes se dividieron y gran parte de las tropas siguieron a Don Ignacio Allende rumbo a Guanajuato y de allí siguieron hacia el norte para reunirse con Don Mariano Abásolo y don Juan Aldama en San Luis de Potosí. Mientras, Don Miguel Hidalgo marchaba a Valladolid con un puñado de seguidores.
La llama de la Independencia había prendido en muchas ciudades y la lucha armada y los pronunciamientos espontáneos se habían propagado por toda Nueva España. Incluso las provincias del norte como Texas y Nuevo León se habían unido a la causa patriótica. Y entre los próceres más relevantes se encontraba Don José María Morelos que emprenderá relevantes acciones y batallas por la Independencia.
En nuestro próximo reportaje seguiremos acompañando a Don Miguel Hidalgo en su ruta por las tierras de México hasta su muerte por fusilamiento el 30 de julio de 1811. Y entonces retomaremos a Don José María Morelos que entretanto realizaba importantes acciones heroicas en el Sur.