Terminado el Congreso de Anáhuac donde se había redactado la Constitución de Apatzingán y ante el anunciado avance de las posiciones realistas, Don José María Morelos salió protegiendo a los participantes del Congreso en dirección hacia Puebla.
Pero en la localidad de Temalaca, cerca de esta ciudad fue capturado por el comandante Matías Carranco, bajo las órdenes del teniente general realista Don Manuel de la Concha.
Se dio la circunstancia de que Carranco era un antiguo
militar desertor de las tropas insurgentes. Y por ello Morelos le dijo “Señor Carranco, parece que nos conocemos”. En un juicio marcial, 150 de los 200 prisioneros insurgentes fueron fusilados en presencia de Morelos, mientras los otros 50 fueron enviados a trabajos forzados en el destierro en Manila.
La noticia fue celebrada con un Te Deum en la Catedral de México el 9 de noviembre de 1815 siendo Arzobispo de esta ciudad Pedro de Fonte. La cúpula realista representada por el Virrey Calleja, la retrógrada Inquisición del Virreinato y otros miembros del Gobierno, vieron la ocasión de dar un escarmiento a la Insurgencia.
El 13 y el 14 de noviembre de 1815 se realizó un Proceso de las Jurisdicciones Unidas que presidió el Auditor de Guerra Miguel Bataller y el delegado del Arzobispado Felix Flores Alatorre. En el juicio actuó como defensor el abogado vallisoletano José María Quiles.
La acusación se centraba en el delito de alta traición a la Patria, a Dios y al Rey, además de provocar sabotajes y destrozos. En el juicio Morelos dijo “En España ya no había Rey porque se fue a su casa de Francia, pero al volver gobernó como un déspota contaminado de irreligiosidad”.
Después del juicio laico, le siguió un juicio eclesiástico, donde se le acusó de violar el celibato, de tener 3 hijos ilegítimos y de no hacer caso alguno de las excomuniones que pronunció en su contra el obispo de Valladolid Manuel Abad y Queipo. Morelos argumentó que las excomuniones sólo valen si las da el Papa o un Concilio. El veredicto fue la condena a la degradación religiosa.
La Junta Insurgente y el Congreso enviaron una carta al virrey Calleja solicitando el perdón para Morelos. Y el 24 de noviembre los tres obispos de Puebla, de Durango y de Oaxaca fueron recibidos en privado por Calleja, a quien pidieron que no se le aplicara la pena de muerte.
El 27 de noviembre por la tarde en la Capilla del Santo Oficio, que actualmente alberga la Facultad de Medicina de la ciudad de México, el Inquisidor General del Virreinato Antonio Bergoza lo redujo a la condición laica.
Morelos iba con la sotana amarilla reglamentaria.
El Inquisidor dijo lo siguiente:
“Apartamos de ti la facultad de ofrecer el sacrificio de Dios y de celebrar misa. Con esta raspadura, te quitamos la potestad que habías recibido en la unción de las manos y te despojamos con razón del vestido sacerdotal. Te privamos del orden levítico, porque no cumpliste tu ministerio dentro de él. Como hijo ingrato, te echamos de la herencia del Señor”.
Algunos autores advierten que Morelos lloraba. El juicio eclesiástico le condenaba a reclusión perpetua en un convento africano. Morelos firmó el documento.
pero el juicio civil le condenaba a muerte. Así que en la madrugada del día 21 de diciembre Morelos escuchó del Coronel De la Concha su sentencia de muerte. La recibió de rodillas. Hacía 18 años que había recibido el sacramento sacerdotal.
El día 22 de noviembre de 1815, sobre las seis de la mañana Morelos recibió en su celda pan con café y después fue encadenado de pies y manos y así subió a una carroza que lo llevaba a Ecatepec custodiada por 50 soldados, donde se realizaría su fusilamiento.
Pero al pasar por la Basílica de la Virgen de Guadalupe intentó hincarse de rodillas, pero no pudo por el peso de las cadenas. El viaje fue penoso, pues llegó a Escatepec a la una de la tarde. Allí lo esperaba un sacerdote con quien se confesó. Y antes de pasar al paredón rezó el salmo 51, oyéndose los tambores a continuación.
Morelos tomó un crucifijo y dijo:
“Señor, si he obrado bien, tú lo sabes, pero si he obrado mal,
me acojo a tu infinita misericordia”.
Acto seguido se puso de espaldas al pelotón.
A la voz de fuego sonaron dos descargas.
Era las cuatro de la tarde del viernes 22 de diciembre de 1815 cuando Don José María Morelos y Pavón nos dejaba.
Sus restos reposan hoy en la Columna de la Independencia, en la Ciudad de México.