Cuando uno estudia y recorre la vida de San Martín año tras año, desde sus antecedentes remotos en España hasta llegar al Mausoleo de Buenos Aires en Argentina, nos pasa por la mente
una película de ficción si no fuera porque la realidad nos ordena poner los pies en el suelo.
Lo primero que advertimos es que ninguno de nosotros esperábamos encontrarnos a una persona de carne y hueso con estas virtudes. Es indudable que conocíamos a San Martín, que sabíamos de sus gestas gloriosas y de que era un prócer de América y héroe de España . Nos faltaba entrar en su vida, en su correspondencia, en sus reflexiones, en sus declaraciones de humanidad, en su rectitud inquebrantable, en su honradez y en su comportamiento como persona.
Para hacer balance de lo que aprendimos al recorrer la ruta de su vida y de lo que esta persona excepcional había influido en nosotros, nos reunimos en una cafetería de Madrid.
La primera admiración de nuestra parte recayó en el alto concepto que San Martín tiene del tesón y del esfuerzo que deben aplicarse a las cosas grandes y merecedoras. Cualquiera que haya visto los Andes delante de si, se asustaría de la idea de atravesarlos. Pero él no manifestó debilidad, aun a pesar de la enfermedad crónica que le acompañaba y de que una vez cruzados le esperaba una magna batalla.
Cuando observamos hoy en día en cualquier escala y país, que muchas personas tratan de conseguir sin esfuerzo cosas de gran valor para su vida, como por ejemplo estudios, carreras, empleos... sin aplicar un verdadero esfuerzo, nos viene a la mente José Francisco de San Martín.
¿Y qué decir de lo que vemos y leemos a diario en todo el mundo sobre los que buscan hacerse ricos mediante artimañas financieras, cuando no mediante puros engaños sin realizar el más mínimo esfuerzo y sin aportar ningún trabajo?. Lo que nuestro admirado escritor René Favaloro llama el "facilismo", versión moderna de los que no creen en el esfuerzo que llevan las cosas grandes e importantes. También aquí nos acordamos de San Martín.
En segundo lugar, encontramos en él al hombre honesto, que cede parte de su sueldo en acciones benéficas y necesidades de su ejército, que renuncia a regalos que fueron sufragados con fondos públicos o privados en tiempos de penuria y que administra el dinero que se le confiere con una escrupulosidad increíble.
¿Cómo si no, iba por ejemplo Alejandro Aguado, marqués de las Marismas a nombrarlo a su muerte albacea de su inmensa fortuna, además de nombrarlo tutor de sus hijos? Y que conste que hemos tomado este ejemplo como uno más de los que adornan su vida tanto en América como en España.
Sin hablar de ningún país en concreto ya que las virtudes de este prócer son universales nos preguntamos ¿Es que hoy a doscientos años de San Martín podemos advertir mucho progreso en este terreno por parte de nuestros dirigentes y políticos? También aquí nos advierte Favaloro: "Sin honestidad no hay proyecto posible de futuro". En los países donde la honestidad se ha deteriorado y relajado, ha seguido el hundimiento de la economía y de las conquistas sociales. ¡Qué verdad más grande!
El otro aspecto admirable de San Martín es su humanidad. Nunca le vemos en acciones que supongan derramamiento de sangre inútil, malos tratos o vejaciones, incluyendo siempre al enemigo. Este es otro valor que también aprendimos de él. A este respecto reproducimos lo que expresa en la toma de Lima de Perú:
"Habiendo llegado a mí, noticias con grave atentado de mis delicados sentimientos y violación de mis humanos principios, que algunos individuos acalorados, atropellan, persiguen e insultan a los españoles con amenazas y dicterios, ordeno y mando: que todo aquel que cometiere este género de excesos, opuestos a la blandura americana, al decoro y a la buena y racional educación, sea denunciado al señor gobernador político y militar de esta capital, para que verificado el hecho, se le apliquen las penas correspondientes a tan reprochable procedimiento.....".
Esto que ordena se produce en una situación de guerra sin cuartel entre realistas y patriotas con el demostrado agravante de que no recibían igual trato los prisioneros patriotas por parte de los realistas.
Y cuando le vemos solicitar recíproca clemencia al Virrey Pezuela para los prisioneros alegando lo absurdo de esta guerra innecesaria, nos está demostrando su alteza de miras y su grandeza humanitaria. También en Chile cuando cede la tercera parte de la finca que se le dona para construir un hospital de mujeres y un equipo de vacunación de la viruela.
Otra virtud muy notable que nos enseña San Martín es su modestia, hasta el punto de no encontrar parecido en este aspecto con otros próceres americanos. Iba con vestimenta sencilla, huía de los homenajes después de grandes victorias en las que el pueblo le esperaba como a un césar. Algunos de los regalos que le hacían los rechazaba, pero decía que no dijeran nada al público y que los emplearan en cosas necesarias dada la precaria situación por la que se pasaba. Con inusitada modestia lo veremos otra vez en el Encuentro de Guayaquil.
Sobre el concepto que tenía de libertad nos impresionó mucho a lo largo de toda su ruta.
El concepto sanmartiniano de "hombre libre" sobrepasa las declaraciones europeas emanadas de la Revolución Francesa. El hombre libre de San Martín decide su vida sin interferencias políticas ni religiosas, no está condicionado por la censura y tiene capacidad para emitir su voto en Asamblea popular que decide la forma de gobierno y como ha de gobernarse. Tan exquisito fue en esto, que le vemos continuamente renunciar a hacerse cargo de la gobernación del país liberado. En el caso de Perú acepta un gobierno del cual se hace elegir y lo hace con un Estatuto Provisional para evitar la anarquía y la vuelta de los reductos realistas todavía no derrotados.
Como todos los ilustrados, San Martín otorga un enorme valor a la Educación, que en su caso aparece como virtud acentuada y cree que la educación salvará a los pueblos de América de la anarquía y el desorden que le tocó vivir. La donación de bibliotecas, la fundación de colegios, las máximas a su hija Merceditas son ejemplos sueltos que recordamos de este pensamiento.
Odiaba también el caudillismo militar y civil y concebía a Argentina como un gran país, que por sus dimensiones comparadas con Europa debía garantizar la Unidad Nacional entre provincias.
No asumía que un militar desenvainara su espada para arreglar querellas políticas de gobierno y desavenencias civiles. Y no tuvo palabras para condenar la compatibilidad de empleos civiles por parte de militares.
Sobre su siempre discutida religiosidad, no nos pareció un beato de misa de mañana y rosario de tarde, sino más bien un cristiano desprendido y sensible, respetuoso con las creencias ajenas. Sus Máximas a Merceditas y su propio testamento así lo atestiguan.
En lo referente a su opción monárquica para Perú, muchos estudiosos del Prócer quieren ver el abandono de las virtudes republicanas esenciales como son la primacía de la voluntad del pueblo y los valores de igualdad y fraternidad de una sociedad solidaria.
Discutimos con pasión este aspecto en nuestra reunión del resumen. Y llegamos a la conclusión de que es absolutamente evidente que mantuvo totalmente puros los valores republicanos y los Derechos del Hombre.
Visto con ojos del Siglo XXI llegamos a la conclusión de que tuvo una visión privilegiada para su época, la de concebir una monarquía sometida a la voluntad popular, algo inédito en aquel turbulento momento de la Historia, donde las tentaciones absolutistas habían alcanzado el cenit en muchos países europeos, incluido la España de Fernando VII.
Tendría todavía que pasar casi dos siglos para que el país que le hizo héroe de Bailén evolucionara hacia este tipo de monarquía constitucional.
Y así nos despedimos de nuestros lectores retornando a nuestro trabajo diario, no sin antes rendir nuestro más sincero homenaje al prócer y héroe DON JOSE DE SAN MARTÍN.
FÍN DEL ÚLTIMO REPORTAJE DEL GENERAL SAN MARTÍN
Agradecimientos: a Jacqueline Sanchez Carrero y Enrique Martinez por su colaboración.